sábado, 15 de octubre de 2011

Que soy una impaciente, ya lo sé.

No lo puedo evitar. A veces siento que no voy al ritmo al que mi vida quiere ir, ni mi vida va al ritmo al que me gustaría ir a mí. Cuando siento que las cosas van demasiado rápidas, me agobio con facilidad, y sólo quiero irme lejos, alejarme de todo, y de todos. Otras veces, en cambio, por más que quiera, el tiempo no pasa. Qué relativo es todo esto...


Qué lentos pasan los días cuando estás esperando que llegue ese día que tanto deseas, y qué rápido pasan cuando ese día llega.

Qué lentas pasan las horas esperando para hablar o ver a cierta persona, y qué rápidas pasan cuando te sientes a gusto en compañía de alguien.
Tener las mismas ganas de querer pararlo como de mover las agujas del reloj a tu antojo.

Odio el tiempo, no me gusta. Aunque en ocasiones sea el único capaz de darnos alguna solución.
Continuamente estamos pensando que tenemos todo el tiempo del mundo, que todo esto será eterno, y no, no es así. Dejamos de dar importancia a las cosas que nos están pasando aquí y ahora, para tomar prioridad a aquello que está por llegar. Y al final, cuando llegan tampoco sabes disfrutarlas, porque nunca sabes valorar el momento presente. Y justamente ahí es cuando te das cuenta de que deberías haberlas aprovechado mejor. Es tarde, ya no puedes volver hacia atrás. 

Creemos que tenemos tiempo para todo, y el tiempo siempre se nos escapa como arena entre los dedos.
¿Cuántas veces hemos querido regresar a ese momento que no supimos aprovechar? Cuántas cosas habrían cambiado, cuántas cosas serían diferentes, cuánto habrías disfrutado.

No caigas más en ese error, no lo permitas.

Y para los impacientes como yo, el tiempo suele ser más nuestro enemigo que nuestro amigo.
Porque soy una impaciente, y lo sé. 
Pero algún día... el mundo será de los impacientes.